miércoles, 20 de agosto de 2014

Dopaje Educativo

Viñeta de El Roto
Me encontraba hasta hace breves momentos reunido con mis amigos de EducAppsAventura, preparando unos cursos que tenemos sobre aplicaciones móviles, cuando hablábamos de gamificación y me cuestionaban (cosa esta que suelen hacer hasta el atardecer) sobre si la situación de aprendizaje que les estaba planteando era gamificada y en qué se diferenciaba con un examen de matemáticas.

No les faltaba razón. Me hicieron cuestionarme hasta el infinito (lo cual siempre es enriquecedor) y no fui capaz de convencerlos hasta que les dije que la clave o diferencia estaba en si los alumnos se lo estaban pasando bien mientras aprendían.

Pude parecer sencilla la pregunta e insensata la respuesta, pero creo que ninguna de las dos lo son. Uno puede preparar una actividad con la mayor de la ilusiones y con la mayor de las dedicaciones, que si no es divertida para los alumnos y no los enriquece, no es gamificada. Ésta es la mejor de las evaluaciones, es la prueba del algodón educativa.

Puede que a doctos incesantes no les parezca científica, pero sin lugar a dudas, es la mejor de las evaluaciones del proceso.

Viene todo esto en relación a una pregunta que me formuló el otro día en la #Kddcanarias, el #nanoflauta de @Achinech (uno no es especialmente vengativo, más bien procura ser todo lo contrario cuando sus imperfecciones humanas se lo permiten, pero donde las dan, las toman ¡Qué feliz será la hiperactiva de la @inmatics cuando lo lea, por poder aumentar la inmerecida mala fama que me suele proporcionar!). La pregunta en cuestión, no era nueva. Ya la prodigaba desde hace un tiempo con algunos acólitos inquietos de la red docente por excelencia: ¿Cuál es el propósito de la educación?

Mi respuesta fue automática. No en vano trato de perseguirla infructuosamente desde hace tiempo, aunque no desista de hacerlo: la felicidad. No en vano, se trata de la palabra prohibida que tanto costó soltar a Daniel Pennac.

El paradigma educativo sobre el que trataban de apoyar subrepticiamente los pies los oligarcas educativos, era Finlandia. Se puede discutir en mayor o menor medida sobre la oportunidad y necesidad de hacer un copyleft en toda regla del sistema noreuropeo, de adaptarlo, al menos, a nuestra mediterránea realidad.

Pero hete aquí, que dicho paradigma es sobrepasado mediante el empleo de sustancias claramente nocivas para la salud, sustancias dopantes. El paradigma finés, es sustituido por el paradigma asiático.

Los malos en las aulas habían dejado de ser los típicos "ruinillas", para comenzar a serlo los "empollones". Sí, como lo leen. Los alumnos que peores jugarretas hacían a sus compañeros en esas latitudes, eran los alumnos que mejores notas obtenían. Y lo hacían, para evitar competidores natos.

Los mejores alumnos, no se conformaban con dormir pocas horas, tratar de rendir hasta la extenuación, rivalizar por contratar el profesor particular más afamado y con mayor nómina, tener un elevado índice de suicidios e insatisfacción... Debían, además, como hemos dicho, deshacerse de su rivales empleando cualquier treta o estratagema. 

En estas aparatosas circunstancias, el sistema era sobrepasado por la derecha por quienes hasta hace bien poco, solían hacerlo supuestamente por la izquierda.

Y, es aquí, dónde cobra sentido pleno la pregunta que nos realizaba @Achinech y sus posibles respuestas (abiertas, por supuesto).

Me gustaría que alguna docta mente universitaria, fundamentase su tesis en la realización y análisis de unas pruebas a todo el profesorado de secundaria. Para ello, no habría de estrujarse en exceso sus neuronas. Simplemente deberían elegir como prueba, cualquiera de los exámenes finales de todas las áreas, de 2º de la ESO (para no abusar en demasía) y pasársela a todo el claustro de un centro de secundaria y bachillerato (excluyendo a cada uno de la de su área). Su trabajo (que tampoco sería excesivo) consistiría en evaluar los resultados. 

Eviten entender mi propuesta como una manera habitual al uso de desprestigiar al profesorado (nada más lejano a mis intenciones).

A lo que voy, se trata del enésimo intento elevado casi al infinito de cuestionar el sistema bulímico en el que nos desenvolvemos.

Sin ir más lejos, le pedía hace unos meses a mi hijo, que estaba a punto de superar el bachillerato con unas buenas notas, que explicase a su hermana unos conceptos de Biología por entender que los tenía más frescos que yo. A pesar de que era de Ciencias, en bachillerato no había escogido esta área. Su respuesta fue que no se acordaba de esas cuestiones de 3º de la ESO en las que había obtenido hasta cuarto la calificación de sobresaliente.

Si el modelo a imitar es el de la competitividad, no cuenten conmigo para esta mal viaje ¿Competitividad?¿Hasta cuándo? ¿Haqsta dónde? ¿Cómo? Con este tema, sucede como con el medio ambiente. Se critica a los ecologistas cuando ponen el grito en el cielo por la sobre explotación del planeta, como si éste y sus recursos fueran infinitos.

Otro estudio que me gustaría que abordase un equipo científico interdisciplinar, sería sobre lo bueno o malo que puediese ser para la salud (sobre todo en edades tempranas y adolescentes) el permanecer 30 horas semanales sentados en una silla en el subsistema educativo actual, superviviente del pleistoceno industrial. Lo digo sin prejuicios (que los tengo). No me importaría reconocer mi prejuicio si me proporcionasen argumentos convincentes y demostrables.

Sólo entiendo como sano el pasar un número excesivo de horas aprendiendo, siempre y cuando tal empecinamiento respondiese a placer por aprender. Tampoco lo entendería, si sus causas fueran patológicas.

Cuando me planteé la manera de educar a mis hijos, y mi propia labor educativa, me fije en las personas próximas que a las que no sólo les había ido bien en los estudios y sino también en su vida profesional. Escogí buenos modelos. Todos ellos coincidían en un aspecto primordial.  A todos les gustaba aprender. Más aún la profesión que habían elegido y disfrutaban al hacerlo. Nunca nadie tuvo que decirles lo que debían hacer.

Mi hijo, me confesaba que a pesar de su brillante expediente, si hubiera tenido que hacer lo que se supone que estaba en el imaginario (desgraciadamente) de muchos profesores, no hubiera alcanzado esos resultados. Lo que lo diferenciaba de otros alumnos, no es que el fuera mejor ni más inteligente que muchos, sino que para él, aprender era un placer. De hecho, superaba con creces este castrante (para muchos) sistema y seguía aprendiendo otras cosas por su cuenta cuando terminaba su jornada escolar. Disculpen que hable de mi hijo, entiendan que lo hago por ser el caso que mejor conozco más allá de la docencia.

En definitiva, que está muy bien que mejoremos nuestro sistema educativo. que tratemos de que nuestros alumnos estén mejor preparados, que sean más creativos, más críticos, que tengan iniciativas propias... pero no a costa de su salud y de su felicidad.

Carlos, me reafirmo en lo que hablábamos el otro día. Creo que el propósito de la educación es el de hacernos más felices, disfrutar mientras aprendemos y no hacerlo de manera enfermiza.

A buen seguro, que si el amigo @juambedo (¡qué gran descubrimiento!) nos oyera, nos armaría un buen cubo con sus múltiples aristas sobre el tema y nos haría reflexionar más al respecto.

Para finalizar, para escándalo de los neoliberales más acérrimos e identificando la insaciabilidad de los extremadamente ricos como patológica, dejo este cuento. Espero que no entiendan, como malintencionadamente seguro que alguno hará, que defiendo un conformismo pasivo. Nada más lejano a mis intenciones. Sólo aspiro a un mundo algo mejor y, sobre todo, más justo, en el que aprender sea un placer para conseguirlo. Las ganas de aprender son consustanciales al hombre (al menos hasta que sale de preescolar).

Imagen vía El Periódico de las BUENAS NOTICIAS
El pescador satisfecho.
El rico industrial del Norte se horrorizó cuando vio a un pescador del Sur tranquilamente recostado contra su barca y fumando una pipa.
"¿Por qué no has salido a pescar?", le preguntó el industrial.
"Porque ya he pescado bastante por hoy", respondió el pescador.
¿Y por qué no pescas más de lo que necesitas?", insistió el industrial.
"¿Y qué iba a hacer con ello?", preguntó a su vez el pescador.
"Ganarías más dinero", fue la respuesta. "De ese modo podrías poner un motor a tu barca. Entonces podrías ir a aguas más profundas y pescar más peces. Entonces ganarías lo suficiente para comprarte unas redes de nylon, con las que obtendrías más peces y más dinero. Pronto ganarías para tener dos barcas... y hasta una verdadera flota. Entonces serías rico, ¡cómo yo!"
"¿Y qué haría entonces?", preguntó de nuevo el pescador.
"Podrías sentarte y disfrutar de la vida", respondió el industrial.
"¿Y que crees que estoy haciendo en este preciso momento?", respondió el satisfecho pescador.



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