miércoles, 11 de diciembre de 2013

PISAndo fuerte. Aprender para ser felices y libres

En estos días de Pisar, en los que se han cargado las tintas contra el modelo finlandés (con todas sus idealizaciones), me alegra que personalidades como Jordi Adell, hablen de desterrar la pedagogía del esfuerzo...
Necesitamos separar la idea de que ir a la escuela, educarse, ir al instituto, ir a a universidad es aburrimiento. Y necesitamos, a ver como lo diría sin ofender a nadie. Bueno, lo diré y si alguien se ofende, lo siento, pido perdón. Necesitamos olvidar la justificación del aburrimiento, de la disciplina y del castigo que implica la pedagogía del esfuerzo. Ya lo he dicho. La pedagogía del esfuerzo es la manera de decirnos a los docentes que no hace falta que pensemos alternativas ni maneras de que nuestras actividades didácticas sean apasionantes.
... y que en Finlandia, al contrario que en los países asiáticos que basan su formación escolar en el esfuerzo, la ministra finlandesa Kiuru, desde la reflexión, se haya querido reafirmar en el espíritu del modelo finlandés.
Nuestro punto de partida es que los jóvenes tengan suficiente tiempo libre, la vida también existe fuera del colegio. Creo que nuestros valores siguen vigentes. Por ahora lo importante es acertar con el diagnóstico y ponernos a trabajar.
El modelo económico neoliberal que representa la OCDE pretende decirnos que Asia gana la carrera de la educación

Me niego. Saber más para qué, para emprender una carrera sin límites, dopados hasta la médula. El conocimiento nos debe hacer libres y felices. No podemos convertir la educación en una metáfora del avaro que convierte la acumulación de dinero en el fin mismo, olvidándose de su propia felicidad.

El sistema capitalista, a través de sus modelos aparentemente inofensivos, repetidos insulsa serie televisiva tras insulsa serie televisiva, consagra la figura del loser, el perdedor que todos somos al no lograr el primer puesto del pódium, enfocándonos a mantener el sueño de ser los mejores como un fin en sí mismo.

Recuerdo como una vez, un atleta tinerfeño, Mario Pestano, quién campeonato tras campeonato quedaba entre los mejores lanzadores del mundo, no pasó en una ocasión del sexto puesto mundial y la prensa local poco menos que le recriminaba ser siempre la eterna promesa que nunca llegaba a cuajar, como si fuera tan sencillo lograr sus marcas.

Supongo, que si convertimos la educación en una carrera de 24 horas al día, 365 días al año, obtendremos mejores calificaciones en PISA, aunque habríamos pervertido los fines últimos de la educación. Aprender para ser felices, para mejorar el mundo.

Me niego a la neura liberal de la mejora sin límites, a la explotación extrema de los recursos y las personas, que traspasa la competitividad de los precarios salarios para asomarse y prostituir la educación, pretendiendo convertir a sus usuarios en autómatas de un sistema que sepan mucho, pero que ignoren para qué.

Aprender es algo bueno, divertido, con sentido. Estudiar es aburrido, del pasado, que quieren convertir en futuro. Diarrea mental y bulímica de un sistema que sólo piensa en ser el mejor y ganar más.


Como señala Tomás Recio, el informe PISA como arma contra el sistema educativo al jugar la economía (un determinado modelo económico) un papel creciente en la educación. 
Como ha señalado ya hace una decena de años M. W. Apple al analizar el creciente papel de la economía de mercado en el sistema educativo, uno de los peligros que acechan cada tres años, con la llegada de los informes PISA, es poner el acento en la evaluación antes que en la educación. En medir el rendimiento del estudiante más que en atender las necesidades del mismo. En lo que el estudiante pueda hacer para prestigiar la escuela, más que en lo que la escuela pueda hacer para mejorar al estudiante.
Y no es eso.
Obviando las causas de la desigualdad y sus consecuencias en el ámbito educativo, evitando las necesarias acciones e inversiones para corregirlas, se utiliza PISA para dar una vuelta de tuerca en el modelo privatizador de la enseñanza y, con la excusa de la excelencia, crear más bolsas de desigualdad y aumentar la brecha educativa, alejando a la mayoría del hecho educativo.

Educar, en definitiva, para ser más felices, más críticos, más capaces de mejorar el mundo y hacerlo un lugar más justo y saludable.

¿Utópico? A lo que no juego es a la utopía del beneficio máximo sin importar cómo y para qué, que en décadas puede ocasionar daños irreversibles al planeta y a sus habitantes.
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